Las olas del amor
El Amor de las Olas
El Mar de las Olas
Las Olas del Mar
Ir y Venir
Venir y marcharse
Las Olas siempre vuelven a nacer, crecen
Bajan pero nunca empequeñecen,*Solo permiten que muchas hagan parte de la cresta
La ola se eleva para ser majestuosa
y baja para volver a elevarse.
Quizá por eso el mar parece que nunca acaba.
Entonces pienso en el amor.
¿Cómo son sus olas?
¿Crecen y se acaban?
¿O crecen, llegan hasta nosotros
y después se reproducen en otras olas?
Tal vez el amor sea precisamente eso:
un mar que nunca permanece quieto.
Hay amores que comienzan como una pequeña ondulación,
casi imperceptible,
y después crecen,
se levantan,
se llenan de viento,
hasta alcanzar una cresta desde donde parece posible mirar toda la vida.
¿Y cuál es la cresta del amor?
Quizá sea ese instante en que amar deja de ser solamente sentir
y se convierte en entrega.
Cuando la felicidad del otro también es nuestra felicidad.
Cuando un abrazo se vuelve refugio.
Cuando alguien deja de acompañar nuestra existencia
y comienza a formar parte de ella.
Pero ninguna ola puede permanecer eternamente en su cresta.
Tiene que caer.
Y caer no significa morir.
La ola se rompe porque necesita tocar la orilla.
Por eso existe la playa.
La playa es el lugar donde el mar puede encontrarse con la tierra,
donde aquello que parecía infinito
puede tocar por un instante aquello que parecía inmóvil.
La vida es una playa.
Y nosotros somos esa arena
sobre la que van llegando las olas del amor.
Nuestros padres.
Nuestros hijos.
Nuestros compañeros.
Nuestros amigos.
Los seres que alguna vez nos abrazaron.
Los que permanecen.
Incluso aquellos que tuvieron que partir.
Cada uno deja algo sobre nuestra orilla.
Una palabra.
Una caricia.
Una enseñanza.
Una ausencia.
Una memoria.
Después la ola retrocede.
Y desde la playa podría parecer que desapareció.
Pero no.
Está regresando al mar.
Porque cuando una ola besa la arena
no muere.
Se recoge,
se mezcla nuevamente con aquello de donde vino
y comienza, en algún lugar invisible,
a convertirse en otra ola.
Quizá así sean también los grandes amores.
No se acaban.
Se reproducen.
El amor que recibimos de nuestros padres
aparece alguna vez en la manera como abrazamos a nuestros hijos.
Una palabra que alguien nos dijo hace muchos años
termina saliendo de nuestra boca para consolar a otra persona.
Una caricia recibida
se convierte en otra caricia.
Un amor engendra otro amor.
Y entonces comprendemos por qué el mar parece infinito:
porque ninguna de sus olas es la última.
También la vida tiene mareas.
Hay momentos en que el amor se eleva
y otros en que parece retirarse.
Pero aun cuando la playa queda silenciosa,
el mar continúa respirando frente a ella.
Esperando.
Preparando otra ola.
Por eso, cuando alguien que amamos regresa al inmenso mar de donde todos alguna vez vinimos, quizá permanezca algo suyo recorriendo nuestras orillas.
Porque la ola termina,
pero el mar permanece.
Y tal vez nosotros tampoco seamos solamente arena.
Tal vez durante este breve instante llamado vida
seamos playa y mar al mismo tiempo:
recibimos olas,
dejamos huellas,
amamos,
somos amados,
y regresamos.
Siempre regresamos.
Porque cuando una ola besa la arena
no muere:
vuelve a la vida
en la eternidad de su mar.
By Jorge Medina
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