La madurez del alma | El alma de la madurez
Más que la edad es el tiempo o el tiempo de la edadY pasa...y corre...y va de prisa
Se agita...se calma...llega a la madurez del alma o al alma de la madurez
La piel envejece.
El tiempo escribe sobre ella
con esa tinta invisible
que termina convirtiéndose en arrugas.
Pero el alma no envejece.
El alma madura su sentir.
Y tiene una ventaja sobre los frutos:
cuando alcanza su madurez
no se desprende de la rama,
no cae vencida por su propio peso,
no termina en el suelo
anunciando que ha concluido su tiempo.
El alma hace lo contrario.
Mientras más madura,
más se eleva.
Porque cada amor vivido,
cada lágrima derramada,
cada ausencia comprendida,
cada perdón concedido,
cada caída superada
y cada amanecer agradecido
le van quitando peso.
Quizá por eso
hay personas cuyos cuerpos envejecen
mientras sus almas
parecen acercarse cada día más a la luz.
Sus pasos son más lentos,
pero comprenden más caminos.
Sus ojos ven menos lejos,
pero miran mucho más profundo.
Sus manos pierden fuerza,
pero sus caricias
adquieren un significado inmenso.
Y entonces comprendemos
que no toda madurez
está destinada a caer.
La fruta madura
hasta desprenderse del árbol.
El alma madura
para desprenderse de aquello
que le impedía elevarse.
Hasta que un día
queda tan liviana,
tan llena de sentir,
tan cerca de la luz,
que ya no necesita caer.
Solo elevarse y brillar más.




