A propósito de estos días...

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A propósito de estos días...

A propósito de estos días,

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De cara a esos últimos minutos de ciertas horas,
Tenemos la oportunidad de conservar los Olores de la vida
El olor de la vida

¿Miedo?

No, no es miedo.
Es amor a la vida.

Es esa extraña lucidez que aparece cuando comprendemos que estar aquí no es una costumbre, aunque hayamos terminado acostumbrándonos a despertar, abrir los ojos, reconocer una voz, caminar por nuestra casa y encontrar, casi sin darnos cuenta, a los seres que amamos respirando cerca.

La vida tiene un olor.

No sabría decir exactamente a qué huele, porque cambia con los años, con las personas y con los lugares.

A veces huele a café recién hecho,
a tierra mojada,
a la almohada donde todavía permanece el aroma de alguien,
a la piel después de un abrazo,
a una casa habitada,
a comida servida alrededor de una mesa,
a infancia,
a hijos,
a padres,
a amigos,
a perros que reconocen nuestros pasos,
a flores que nadie sembró para nosotros y, sin embargo, florecieron mientras pasábamos.

Pero, sobre todas las cosas,
la vida huele a presencia.

A la presencia del amor puro.

Tal vez por eso alguna vez pensamos en la muerte.

No necesariamente porque la temamos, sino porque sabemos que existe y su existencia nos revela, de una manera misteriosa, el privilegio de permanecer.

Entonces comprendemos que el verdadero temor no está en lo desconocido de la muerte, sino en separarnos de todo aquello que hizo hermosa la vida.

No volver a mirar ciertos ojos.
No escuchar aquella voz llamándonos por nuestro nombre.
No regresar a nuestros lugares.
No sentir una mano buscando la nuestra.
No alcanzar otro amanecer junto a quienes convirtieron nuestra existencia en hogar.

Y, sin embargo, tampoco eso debería ser un lamento.

Es contemplación.

Porque saber que algo puede terminar no le quita belleza: se la revela.

La eternidad no comienza necesariamente cuando morimos. Quizá nos visita durante la vida en esos instantes en los que el tiempo parece detenerse: un abrazo que quisiéramos prolongar, una conversación alrededor de una mesa, una carcajada, un silencio compartido, alguien durmiendo a nuestro lado, una tarde cualquiera que años después descubrimos que era felicidad.

Allí estaba la eternidad.

Y nosotros no lo sabíamos.

Quizá vivir consista precisamente en aprender a reconocerla mientras ocurre.

Respirar profundamente.

Mirar alrededor.

Contemplar.

Sentir el olor de la vida antes de que se convierta en recuerdo.

Porque algún día nos deslizaremos inevitablemente hacia otra dimensión de la realidad y dejaremos este lado de las cosas. No sabemos qué habrá después, y quizá no necesitamos saberlo para comprender lo esencial.

Hoy estamos aquí.

Hoy podemos amar.

Hoy alguien que amamos respira cerca.

Y acaso esa sea una de las revelaciones más profundas de nuestra existencia:

que el miedo a dejar la vida
puede no ser miedo.

Puede ser gratitud.

Puede ser conciencia.

Puede ser la manera silenciosa que tiene el alma
de descubrir cuánto ha amado estar aquí.

Y entonces uno respira otra vez,
reconoce aquel aroma invisible
y comprende:

es el olor de la vida,
cuando la vida huele
a los seres que amamos.

By Jorge Medina

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