El dolor es el ritual de la laceración íntima, del resquebrajamiento del espíritu y de la postración humana sin límites. Es como la arena movediza: mientras más se lucha por escapar, con más fuerza nos reclama para hundirnos.
El dolor lapida. Corroe como el ácido, mancha como el aceite, hiere como la aguja y actúa como un anticoagulante invisible, porque solo así puede convertir la tristeza en una hemorragia interminable de penas.
El dolor es epidémico, pandémico y mortal. Es un virus para el alma.
Y cuando finalmente ahoga, oprime el pecho, acelera el corazón, eleva la presión y va cerrando, una a una, las arterias de la esperanza y de la fe, parece existir una única vacuna capaz de vencer el mal que nos mantiene en la unidad de cuidados intensivos del espíritu: la sonrisa nacida del amor.
Ella contiene los anticuerpos de las palabras sinceras, de las caricias oportunas, del abrazo que no pregunta y de la presencia que no abandona. Esos anticuerpos drenan el pus de las heridas invisibles, devuelven la sensibilidad al corazón y permiten que la alegría vuelva a respirar sobre la piel.
Porque, al final, el amor no siempre evita el dolor, pero sí impide que el dolor tenga la última palabra.
By Jorge Medina
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