Hay personas que envejecen cuando dejan de soñar.
Otras, cuando abandonan la curiosidad.
Y algunas, tristemente, cuando ya no encuentran razones para emocionarse con el amanecer, una conversación, una canción o el simple milagro de respirar.
La vida parece tener un pacto silencioso con quienes permanecen conectados a ella.
Conectados no solo al trabajo o a la rutina, sino al asombro, al afecto, a las ideas, al movimiento, a la capacidad de seguir sintiendo.
El cuerpo puede cansarse, sí.
Pero muchas veces es el espíritu el que decide cuánto tiempo seguimos verdaderamente vivos.
Quien conserva la ilusión mantiene encendida una especie de electricidad interior.
Una energía que empuja a caminar, aprender, amar, conversar, crear, ayudar, contemplar y hasta reinventarse.
Es como si el alma necesitara permanecer en circulación para no marchitarse.
Desconectarse de la vida no ocurre solamente al morir.
A veces sucede mucho antes:
cuando alguien deja de reír,
de esperar,
de creer,
de interesarse por el mundo o por los demás.
Por eso vivir mucho tiempo quizá no dependa únicamente de la genética, sino también de la permanencia del vínculo con la existencia.
Seguir teniendo algo que esperar.
Algo que construir.
Algo que amar.
Porque mientras el ser humano conserve motivos para sentir, todavía habrá una luz trabajando dentro de él.
By Jorge Medina
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