Hay seres humanos que un día dejan de respirar sobre la tierra,
pero continúan viviendo en los jardines invisibles de la memoria.
Se quedan caminando entre las conversaciones familiares,
en las fotografías que nadie se atreve a guardar demasiado lejos,
en la risa que heredó el hijo o la hija,
en las palabras que todavía repiten el amigo o la amiga,
en la ternura que aún conserva su pareja,
en los aprendizajes que guarda quien compartió su camino y su tiempo.
Dicen que quienes parten van hacia la eternidad,
pero algo suyo decide quedarse acompañándonos.
Tal vez porque el amor verdadero no entiende de cementerios ni despedidas definitivas.
Cada persona que amamos escribe páginas dentro de nosotros.
Por eso la memoria no es solamente recuerdo:
es una pista de aterrizaje donde vuelven las almas queridas a tocar nuestro corazón.
A veces regresan convertidas en canciones.
A veces en silencios.
A veces en un amanecer que parece traer nuevamente su voz entre la luz.
Y entonces comprendemos que vivir también consiste en continuar el libro de quienes se fueron,
multiplicando su bondad,
su alegría,
sus enseñanzas,
sus sueños inconclusos.
Porque quizás el verdadero legado humano no sea aquello que dejamos en las manos de otros,
sino aquello que dejamos latiendo dentro del alma de quienes continúan amándonos.
By Jorge Medina
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