Cada amanecer es la rutina sagrada del sol.
Siempre sale, aunque no siempre se vea.
A veces apenas se presiente,
pero aun oculto llama al despertar.
Cuando asoma su mirada,
la claridad se vuelve inevitable.
A su alrededor todo florece:
hay resplandor, nace la sombra,
se ilumina el correr del viento
y la esperanza salta alegre
en medio de la luz.
Luego, cuando va desapareciendo
entre las horas de la tarde,
parece una ola que, después de encresparse
sobre el horizonte,
llega a la playa para descansar
y volver a nacer.
El sol es la rutina de cada día.
A diferencia de la luna,
sabemos que siempre permanece encendido
en alguna parte del cielo.
Y así también es el sentir:
un sol íntimo, constante,
que alumbra las emociones de la vida,
aunque a veces las nubes
nos impidan verlo.
By Jorge Medina
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