Últimamente he pensado mucho en el silencio.
No en el silencio como falta de ruido, sino como un territorio donde descansan las virtudes que algún día quise aprender:
La templanza, el coraje, la justicia y la sabiduría.
Lo descubrí así: el silencio no es vacío,
es un método.
Y lo que aporta a la vida emocional es profundo;
ensancha el alma, la hace pensar con otros instrumentos,
con otra luz.
Estar presente en el silencio de alguien
se vuelve un acto de compañía.
A veces basta un minuto,
a veces toda la vida.
Cuando el silencio me toca a mí,
cuando es mi propia soledad la que habla,
he aprendido a no escapar.
El silencio me afecta o me aporta,
pero siempre me forma.
Yo lo lleno escribiendo.
Ahí encuentro mis voces interiores,
las que no compiten por volumen
sino por verdad.
Y en ese proceso, día tras día,
algo pasa:
aprendo, suelto, comparto, guardo,
dejo marchar, sano, multiplico, amo.
Me cuido de no confundir silencio con abandono.
El mío no es un desistir,
es una manera honesta de resolver.
Y he llegado a esta conclusión silenciosa:
para sentir de verdad,
hay que escuchar lo que no suena.
Hay palabras que se dicen sin ser dichas,
y emociones que solo existen cuando alguien las nombra.
Eso —esa voluntad de nombrar—
nos libra del odio y del rencor
y nos devuelve, con humildad,
a los brazos del amor.
By Jorge Medina
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