Hubo noches en las que me daba miedo dormir,
es que la tristeza también sabe perseguir;
nada que hacer, la pena es otra forma de sentir
y lo mejor de experimentarlo es que, pasada la tormenta,
es posible volver a vivir.
Pero hay noches —largas, hondas, sin nombre—
en las que el descanso no llega como alivio,
sino como un umbral incierto,
una puerta que se abre hacia adentro
donde todo lo callado toma voz.
Cerrar los ojos era entonces un acto de valentía,
porque la oscuridad no siempre es silencio:
a veces es memoria,
a veces es eco,
a veces es una presencia que no se ve
pero se siente respirando en el pecho.
La tristeza no avisa.
No golpea.
No pide permiso.
Se instala.
Se sienta en los bordes del alma,
recorre descalza los pasillos del recuerdo,
revisita escenas que creíamos dormidas,
y en cada paso deja una huella tibia,
como si el dolor también tuviera su forma de ternura.
Y entonces uno entiende —aunque no quiera—
que no todo en la vida viene a ser vencido.
Hay dolores que no se derrotan,
se atraviesan.
Hay penas que no se expulsan,
se comprenden.
Hay sombras que no desaparecen,
aprenden a convivir con la luz.
Porque la tristeza, en su lenguaje más profundo,
no es ausencia…
es exceso:
de amor que no encontró destino,
de palabras que no llegaron a tiempo,
de abrazos que se quedaron suspendidos en el aire,
de vida que no supimos cómo sostener.
Y aun así, incluso ahí,
cuando todo parece detenido en una noche interminable,
la vida —silenciosa, paciente, obstinada—
sigue respirando dentro de nosotros.
Es un latido leve, casi imperceptible,
pero suficiente.
Porque tras la tormenta,
cuando el alma recoge sus fragmentos
y vuelve a pronunciar su propio nombre sin quebrarse,
cuando el amanecer entra sin pedir permiso
y toca con luz lo que la noche dejó herido,
algo se acomoda,
algo se eleva,
algo —aunque mínimo— vuelve a empezar.
Y entonces comprendemos,
con la serenidad de quien ha sentido profundo,
que vivir no es evitar la tristeza,
sino no quedarse a vivir en ella.
Que dormir, sin miedo,
también es una forma de sanar.
Y que incluso después de las noches más oscuras,
cuando todo parecía perdido en el fondo del sentir,
siempre,
siempre,
es posible volver a vivir.
By Jorge Medina
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